Novedades: “El Mapa Calcinado” de Kobo Abe

El Mapa CalcinadoLa editorial argentina Eterna Cadencia optó por despedir el año con una gran novedad para todos los amantes de la literatura japonesa: el lanzamiento de “El Mapa Calcinado” una fascinante novela de Kobo Abe. En esta ocasión el autor acomete a la tarea de narrar un policial dotado de todas las características propias del género, pero donde se distingue el toque que solo un magistral escritor como el japonés puede imprimir en una obra de este estilo.

Una desaparición y un detective encargado de esclarecerla serán las primeras piezas de este rompecabezas. El método suele ser una de las características distintivas de los protagonistas de este tipo de novela, y esta no parece ser la excepción. Nuestro detective, que permanecerá anónimo durante todo el relato, lleva su investigación hasta límites pocas veces vistos, generando en los otros poco menos que exasperación. Las hipótesis empiezan a multiplicarse y reducirlas a una sola se vuelve cada vez más complicado. La salida parece estar cerca de la mujer del hombre desaparecido, pero nada puede darse por cierto en un relato con la densidad de “El Mapa Calcinado”.

Con traducción de Ryukichi Terao y prólogo de Ednodio Quintero esta novela se constituye en una valiosa oportunidad para conocer el mundo de Kobo Abe, uno de los escritos japoneses más significativos del siglo pasado, heredero de una tradición que recoge en el tiempo el legado de Junichiro Tanizaki, Ryunosuke Akutagawa y Osamu Dazai.

Fuente: Editorial Eterna Cadencia / hiroshi@xiahpop.com

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“El restaurante de sukiyaki” de Bae Suah

El sukiyaki (すき焼き) es un plato tradicional de la gastronomía japonesa, generalmente asociado a los días más fríos y muy presente en la vida cotidiana de los nipones. Está preparado en base a trozos muy finos de carne, cocidos a fuego lento o hervidos en la mesa, y acompañados por vegetales. La sazón se la da la salsa de soja, el azúcar y el mirin. Justo antes de comenzar a degustarlo, se mezcla todo con un huevo crudo batido. Este plato tan característico es el leitmotiv del título de la novela de la escritora coreana Bae Suah, recientemente publicada por Bajo la Luna.

Bae SuahEl trasfondo de esta novela se emparenta directamente con la denominada crisis del FMI que signó el destino de su país en 1997, un acontecimiento macroeconómico que marcó a fuego a una generación completa y que aún hoy sigue resonando en la sociedad. Construida a partir de capítulos cortos sutilmente vinculados, tal como nos cuenta Betina Gonzalez, El restaurante de sukiyaki” toma algunos nombres propios y los utiliza para dar forma a una obra signada por la temática de la pauperización. Presumo por lo que he leído en relación a la novela, que la autora optó por narrar los aspectos centrales de su historia a partir de situaciones laterales, microactos humanos que debidamente concatenados dan un sentido definitivo al todo narrativo, aunque dejando a media luz otras cuestiones que autores con otro estilo se hubiesen preocupado de tildar como esclarecedores. Ya lo dijo Bae en una oportunidad: “…el retoque está también en la forma: narrar fragmentariamente en lugar de buscar la novela total”.

¿Quiénes habitan el mundo que Suah decidió pintar? Una madre que no disimula en explotar a su hija con tal de ganar un poco de dinero, una niña que afectada por los primeros síntomas del consumismo capitalista anhela la cartera de su amiga o un hombre invalido que se desespera por un plato de sukiyaki. Portan sus miserias con poca hidalguía y no hay en ellos más pretensión que la sobrevida.

Vale conocer un poco de la biografía de Suah. Nacida en 1965 en Seúl, concluyó sus estudios universitarios en Química en la Universidad Femenina Ewha, comenzando su camino en la literatura en 1993, época en la que comenzó a publicar sus primeros relatos. No reniega de la Academia y la educación formal, pero su narrativa se forjó a base de jornadas incansables de escritura, muchas de ellas en los tiempos libres que le dejaba su trabajo como empleada de migraciones en el aeropuerto de la capital surcoreana. En el 2001 se instaló en Berlín y es allí a donde ahora pasa la mayor parte de su tiempo. “El restaurante de sukiyaki” es su primera novela traducida al español y sin duda una buena oportunidad para comenzar a leer algo de la Península desde un plano no tan convencional.

Fuente: Revista Ñ (Betina Gonzalez) + InfoNews (Ivana Romero) + Editorial Bajo La Luna / hiroshi@xiahpop.com

“El gato que venía del cielo” de Takashi Hiraide

El gato que venia del cielo - Takashi HiraideMi vínculo con el mundo felino es relativamente nuevo, mucho más reciente que mi profunda admiración por la literatura japonesa. Dicen algunos que la humanidad está dividida entre aquellos que aman a los perros y los otros, los cultores del cariño gatuno, pero creo que esa división tajante ya no es tal. Solo sé que una vez que dejas que los encantos de un gato se apropien de tu persona, ya estás perdido; te convertirás en un adorador condicional de su galante existencia. Por eso y siguiendo la temática, comparto con ustedes un pequeño comentario sobre El gato que venía del cielode Takashi Hiraide, obra que tiene como protagonista a uno de estos animalitos.

El gato que venía del cielo” nos sitúa en un pequeño poblado de las afueras de Tokio, ya próximos al final de Era Showa y con una pareja de mediana edad como protagonistas. La casa que alquilan, ubicada en un enorme jardín, es el escenario principal del relato, pieza narrativa preciosista en su construcción y que se sirve de recursos descriptivos simples pero elaborados. Las inquietudes de la pareja pronto afloran y la maternidad postergada o los problemas económicos no tardan en poblar las líneas del texto, aunque nunca despojándose de ese tinte de acuarela que tan bien maneja el autor, pues por momentos parece abandonar el trazo de su manuscrita para valerse del pincel. Hablar de trama es en este caso un exceso, pues Hiraide no fuerza en ningún momento el componente narrativo clásico, sino que con sutileza nos describe el día a día de los protagonistas y sus vecinos, siendo Chibi, el gato que da título al libro, un interlocutor de esa existencia compartida.

Solo tuve la posibilidad de leer las primeras páginas del libro, pero eso es muestra suficiente para tomar nota del espíritu que transita la obra y le da identidad. En solo 160 páginas Takashi construye un mundo, le da cuerda y lo pone a andar, todo ello en un tono delicado y augusto. El escritor trabajó durante años en el mercado editorial pero no fue hasta esta primera novela que decidió dar el gran paso con la narrativa. Para su sorpresa, la crítica lo recibió con los brazos abiertos y así también sus colegas, siendo premiado en varias oportunidades. Si desean conocer a “El gato que venía del cielo” pueden hacerlo a través de la traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés, publicada por Editorial Alfaguara el año pasado.

Fuente: Editorial Alfaguara / hiroshi@xiahpop.com

Haruki Murakami: “¿Cuál es el sentido de la vida?”

Menuda cuestión existencial planteamos en este comienzo de semana, pero de alguna forma u otra siempre estamos dando vuelta sobre la misma pregunta. Muchas de nuestras acciones intentan dar un sentido que surja como respuesta, pero la mayoría del tiempo lo único que logramos es profundizar esa incertidumbre. Hace algunas semanas les contamos sobre el sitio que habilitó el escritor japonés Haruki Murakami para estar en contacto con sus lectores. Allí y en forma periódica, el escritor selecciona algunas de las preguntas que les resultan más interesantes e invierte parte de su tiempo en contestarlas.

En esta oportunidad y tal como adelantamos en el titulo, un joven de 26 años decidió dejar de lado las consultas sobre el oficio de escribir, la temática de sus obras u otros tópicos específicos y lanzó al éter la pregunta definitiva: ¿Cuál es el sentido de la vida? Por lo que pudimos leer en el último tiempo, Murakami ha sido generoso con el tiempo dedicado a cada respuesta, pero en algunos casos se ha puesto un poco caprichoso al momento de contestar, desconcertando a todos los lectores del sitio. ¿Qué respondió entonces frente a tamaña cuestión?

Haruki publicó: “Mi respuesta sería: Eso es algo para pensar después de que mueras. Ahora estamos en el medio de esto de “estar vivos”, es realmente complicado ver el significado detrás de eso. Todos estamos ocupados y nos quedamos atrapados en todo tipo de situaciones. Por eso pensemos en ello una vez que tengamos tiempo libre al fallecer. Yo creo que no será demasiado tarde para llegar a una conclusión después de eso”.

Murakami y el sentido de la vida

Sucinto y con algo de ironía, Murakami se despachó en pocos renglones sobre lo que otros han tratado en centenares de páginas. Creo que quienes leímos alguna obra de Haruki podemos complementar esta respuesta con otras reflexiones, pues la mayoría de sus personajes no es ajeno a cuestiones existenciales tan complejas como las planteadas por este curioso lector. Independientemente de la respuesta, esta nota no es más que una excusa para que juntos hagamos una pausa en una rutina y reflexionemos un poco sobre esta cuestión ¿Alguna idea?

Fuente: Murakami-san no Tokoro / hiroshi@xiahpop.com

Haruki Murakami: ¿Cómo ser un gran escritor?

Haruki Murakami es sin dudas uno de los escritores contemporáneos más importantes y en su país se lo considera toda una figura digna de respeto y admiración, como suele suceder con todos aquellos que ponen a Japón en la primera línea de cualquier disciplina. Las opiniones respecto a su forma de tratar al público y a la prensa son contradictorias, pues están quienes afirman que es osco y retraído, y aquellos que aseguran que es una persona de trato afable y siempre dispuesto a compartir sus inquietudes con los lectores.

Independientemente de cuál sea la realidad, desde hace unas semanas ha dedicado un sitio especial dentro de su web para contestar las preguntas de admiradores y curiosos, sea cual sea la temática que le propongan tratar. Muchas de las cuestiones que le llegan están vinculadas a la labor del escritor y el mundo que rodea este particular oficio, y son los más jóvenes los que más interesados se muestran en ello. Es el caso de Sakurai, una joven de 23 años que tomó parte de su tiempo para dejarle el siguiente mensaje a Haruki:

Hola señor Murakami. Siempre he disfrutado la lectura de sus libros. Actualmente soy una estudiante graduada, por lo que debo lidiar a diario con reportes, planes de presentación, mensajes de correo electrónico y cartas para los profesores, pero de todas formas he escrito un montón de composiciones. El hecho es que no soy muy buena en eso. Si no puedo escribir, no voy a poder terminar mi posgrado. Mientras escribo no paro de rezongar ¿Hay algo que pueda hacer para que esto me resulte más fácil? Si tiene algun consejo, o algo que me pueda dar para mejorar, le estaré más que agradecida.

Murakami Responde

Estimo que lo que le pasa a Sakurai se replica en muchos otros jóvenes que ven su inspiración bloqueada o encuentran un sinnúmero de obstáculos al momento de escribir, pese a ya haber concluido sus estudios universitarios. Reconocer el problema es un buen punto de partida y la disposición ha escuchar un buen consejo también es otro saludable síntoma para la superación. Veamos entonces que es lo que le contestó el autor de “Tokyo Blues” a esta entusiasta muchacha:

El acto de escribir es como la dulce charla con una mujer, en la que puede mejorar, en cierta medida, con la practica. Sin embargo, fundamentalmente tus habilidades están determinadas con el talento con el que has nacido. De todas formas, haz lo mejor que puedas.

Bastante categórica la respuesta de Murakami-san ¿Verdad? Algunos podrán considerarla un poco dura, pero está claro que la joven estudiante ya se la veía venir. El talento innato allana el camino y lo hace todo mucho más sencillo, pero todo aquel que se encomendé a la tarea de ser escritor, sabe que todos y cada uno tienen sus demonios. Teniendo en cuenta el hecho de que el autor de “1Q84” descubrió su vocación ya transitando parte de su vida adulta, hay esperanzas para todos aquellos que disfrutamos de escribir. Así que ya sabés, si sos parte del 99% de los mortales que no ha sido agraciado con el don de la escritura, la combinación de trabajo duro y practica te acercará al ideal que buscas.

Fuente: en.rocketnews24.com / hiroshi@xiahpop.com

El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké

Hoy me convoca una ocasión especial, pues estoy compartiendo con ustedes la entrada Nº 500 desde que ingresé a la familia de Xiahpop. A través de estos años he tenido la posibilidad de explorar infinidad de temáticas y explotar mi amor por la escritura, un hecho que solo es posible sí del otro lado hay alguien dispuesto a leernos. Es por eso y a modo de agradecimiento, que traje para esta ocasión un pequeño cuento de uno de mis escritores preferidos: Jorge Luis Borges. La figura mas insigne que pudo dar la literatura de mi país, fue siempre un modelo a seguir por la forma en la que se vínculo con el Lejano Oriente. Respetuoso de la tradición, curioso por naturaleza, templó su carácter zen quizá sin notarlo. Tal fue su vínculo con Japón, que los últimos años de vida busco a un “espíritu del bosque” para que lo cuidase. Contenido en “Historia Universal de la Infamia”, comparto con ustedes la historia del “El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké

El infame de este capítulo es el incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké, aciago funcionario que motivó la degradación y la muerte del señor de la Torre de Ako y no se quiso eliminar como un caballero cuando la apropiada venganza lo conminó. Es hombre que merece la gratitud de todos los hombres, porque despertó preciosas lealtades y fue la negra y necesaria ocasión de una empresa inmortal. Un centenar de novelas, de monografías, de tesis doctorales y de óperas, conmemoran el hecho – para no hablar de las efusiones en porcelana, en lapislázuli veteado y en laca. Hasta el versátil celuloide lo sirve, ya que la Historia Doctrinal de los Cuarenta y Siete Capitanes – tal es su nombre – es la más repetida inspiración del cinematógrafo japonés. La minuciosa gloria que esas ardientes atenciones afirman es algo más que justificable: es inmediatamente justa para cualquiera.

Sigo la relación de A. B. Mitford, que omite las continuas distracciones que obra el color local y prefiere atender al movimiento del glorioso episodio. Esa buena falta de”orientalismo” deja sospechar que se trata de una versión directa del japonés.

La cinta desatada

En la desvanecida primavera de 1702 el ilustre señor de la Torre de Ako tuvo que recibir y agasajar a un enviado imperial. Dos mil trescientos años de cortesía (algunos mitológicos), habían complicado angustiosamente el ceremonial de la recepción. El enviado representaba al emperador, pero a manera de alusión o de símbolo: matiz que no era menos improcedente recargar que atenuar. Para impedir errores harto fácilmente fatales, un funcionario de la corte de Yedo lo precedía en calidad de maestro de ceremonias. Lejos de la comodidad cortesana y condenado a una villégiature montaraz, que debió parecerle un destierro, Kira Kotsuké no Suké impartía, sin gracia, las instrucciones. A veces dilataba hasta la insolencia el tono magistral. Su discípulo, el señor de la Torre, procuraba disimular esas burlas. No sabía replicar y la disciplina le vedaba toda violencia.

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Una mañana, sin embargo, la cinta del zapato del maestro se desató y éste le pidió que la atara. El caballero lo hizo con humildad, pero con indignación interior. El incivil maestro de ceremonias dijo que, en verdad, era incorregible, y que sólo un patán era capaz de frangollar un nudo tan torpe. El señor de la Torre sacó la espada y le tiró un hachazo. El otro huyó, apenas rubricada la frente por un hilo tenue de sangre… Días después dictaminaba el tribunal militar contra el heridor y lo condenaba al suicidio. En el patio central de la Torre de Ako elevaron una tarima de fieltro rojo y en ella se mostró el condenado y le entregaron un puñal de oro y piedras y confesó públicamente su culpa y se fue desnudando hasta la cintura, y se abrió el vientre, con las dos heridas rituales, y murió como un samurai, y los espectadores más alejados no vieron sangre porque el fieltro era rojo. Un hombre encanecido y cuidadoso lo decapitó con la espada: el consejero Kuranosuké, su padrino.

El simulador de la infamia

La Torre de Takumi no Kami fue confiscada; sus capitanes desbandados, su familia arruinada y oscurecida, su nombre vinculado a la execración. Un rumor quiere que la idéntica noche que se mató, cuarenta y siete de sus capitanes deliberaran en la cumbre de un monte y planearan, con toda precisión, lo que se produjo un año más tarde. Lo cierto es que debieron proceder entre justificadas demoras y que alguno de sus concilios tuvo lugar, no en la cumbre difícil de una montaña, sino en una capilla en un bosque, mediocre pabellón de madera blanca, sin otro adorno que la caja rectangular que contiene un espejo. Apetecían la venganza, y la venganza debió parecerles inalcanzable. Kira Kotsuké no Suké, el odiado maestro de ceremonias, había fortificado su casa y una nube de arqueros y de esgrimistas custodiaba su palanquín. Contaba con espías incorruptibles, puntuales y secretos. A ninguno celaban y vigilaban como al presunto capitán de los vengadores: Kuranosuké, el consejero. Este lo advirtió por azar y fundó su proyecto vindicatorio sobre ese dato.

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Se mudó a Kioto, ciudad insuperada en todo el imperio por el color de sus otoños. Se dejó arrebatar por los lupanares, por las casas de juego y por las tabernas. A pesar de sus canas, se codeó con rameras y con poetas, y hasta con gente peor. Una vez lo expulsaron de una taberna y amaneció dormido en el umbral, la cabeza revolcada en un vómito.

Un hombre de Satsuma lo conoció, y dijo con tristeza y con ira: ¿No es éste, por ventura, aquel consejero de Asano Takumi no Kami, que 1o ayudó a morir y que en vez de vengar a su señor se entrega a los deleites y a la vergüenza?¡Oh, tú indigno del nombre de Samurai!

Le pisó la cara dormida y se la escupió. Cuando los espías denunciaron esa pasividad, Kotsuké no Suké sintió un gran alivio.

Los hechos no pararon ahí. El consejero despidió a su mujer y al menor de sus hijos, y compró una querida en un lupanar, famosa infamia que alegró el corazón y relajó la temerosa prudencia del enemigo. Éste acabó por despachar la mitad de sus guardias.

Una de las noches atroces del invierno de 1703 los cuarenta y siete capitanes se dieron cita en un desmantelado jardín de los alrededores de Yedo, cerca de un puente y de la fábrica de barajas. Iban con las banderas de su señor. Antes de emprender el asedio, advirtieron a los vecinos que no se trataba de un atropello, sino de una operación militar de estricta justicia.

La cicatriz

Dos bandas atacaron el palacio de Kira Kotsuké no Suké. El consejero comandó la primera, que atacó la puerta del frente; la segunda, su hijo mayor, que estaba por cumplir dieciséis años y que murió esa noche. La historia sabe los diversos momentos de esa pesadilla tan lúcida: el descenso arriesgado y pendular por las escaleras de cuerda, el tambor del ataque, la precipitación de los defensores, los arqueros apostados en la azotea, el directo destino de las flechas hacia los órganos vitales del hombre, las porcelanas infamadas de sangre, la muerte ardiente que después es glacial; los impudores y desórdenes de la muerte. Nueve capitanes murieron; los defensores no eran menos valientes y no se quisieron rendir. Poco después de media noche toda resistencia cesó.

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Kira Kotsuké no Suké, razón ignominiosa de esas lealtades, no aparecía. Lo buscaron por todos los rincones de ese conmovido palacio, y ya desesperaban de encontrarlo cuando el consejero notó que las sábanas de su lecho estaban aún tibias. Volvieron a buscar y descubrieron una estrecha ventana, disimulada por un espejo de bronce. Abajo, desde un patiecito sombrío, los miraba un hombre de blanco. Una espada temblorosa estaba en su diestra. Cuando bajaron, el hombre se entregó sin pelear. Le rayaba la frente una cicatriz: viejo dibujo del acero de Takumi no Kami.

Entonces, los sangrientos capitanes se arrojaron a los pies del aborrecido y le dijeron que eran los oficiales del señor de la Torre, de cuya perdición y cuyo fin él era culpable, y le rogaron que se suicidara, como un samurai debe hacerlo.

En vano propusieron ese decoro a su ánimo servil. Era varón inaccesible al honor; a la madrugada tuvieron que degollarlo.

El testimonio

Ya satisfecha su venganza (pero sin ira, y sin agitación, y sin lástima), los capitanes se dirigieron al templo que guarda las reliquias de su señor. En un caldero llevan la increíble cabeza de Kira Kotsuké no Suké y se turnan para cuidarla. Atraviesan los campos y las provincias, a la luz sincera del día. Los hombres los bendicen y lloran. El príncipe de Sendai los quiere hospedar, pero responden que hace casi dos años que los aguarda su señor. Llegan al oscuro sepulcro y ofrendan la cabeza del enemigo.

La Suprema Corte emite su fallo. Es el que esperan: se les otorga el privilegio de suicidarse. Todos lo cumplen, algunos con ardiente serenidad, y reposan al lado de su señor. Hombres y niños vienen a rezar al sepulcro de esos hombres tan fieles.

El hombre de Satsuma

Entre los peregrinos que acuden, hay un muchacho polvoriento y cansado que debe haber venido de lejos. Se prosterna ante el monumento de Oishi Kuranosuké, el consejero, y dice en voz alta: Yo te vi tirado en la puerta de un lupanar de Kioto y no pensé que estabas meditando la venganza de tu señor, y te creí un soldado sin fe y te escupí en la cara. He venido a ofrecerte satisfacción. Dijo esto y cometió harakiri.

El prior se condolió de su valentía y le dio sepultura en el lugar donde los capitanes reposan.

Éste es el final de la historia de los cuarenta y siete hombres leales   – salvo que no tiene final, porque los otros hombres, que no somos leales tal vez, pero que nunca perderemos del todo la esperanza de serlo, seguiremos honrándolos con palabras.

– “Historia Universal de la Infamia” (1935) – Jorge Luis Borges